El año en el que hubo dos ferias y se engalanaron los balcones

Balcones de Concepción Ávila

Primer premio del concurso de balcones adornados. Balcones de doña Concepción Ávila, C/ General López Domínguez, nº 9. Fuente: Foto Domínguez, La Unión Ilustrada, 27-09-1917.

Ahora que está a punto de terminar la Feria de Marbella de este año 2020 sin feria, os invito a la caseta oficial de

«El año en el que hubo dos ferias y se engalanaron los balcones»

Hasta los años sesenta del decimonónico siglo tuvo Marbella por costumbre celebrar una de las más importantes feria de ganado y agrícola de la región –me contaba mi abuelo—. Su día grande, el 28 de mayo. Feria que a causa de la pandemia de cólera-morbo en 1834 hubo de suspenderse lamentablemente –como os relaté en «Marbella en los tiempos del cólera»—. En 1869 la afamada feria de ganado de Marbella ya se celebraba, con una considerable “afluencia de forasteros”, entre los días 10 y 13 de junio para “conmemorar la conquista por los Reyes Católicos” de la ciudad y celebrar “en forma adecuada” el día de su patrono San Bernabé. Dicen los historiadores que en 1909 no se festejó la “tradicional feria con la alegría de otros años” porque un mes antes se lió “la marimorena” por el encarcelamiento del «medico de los pobres» que estaba políticamente enfrentado al cacique don Joaquín Chinchilla. La de 1913 se celebró, aunque “la situación política pintaba turbia” –como relata a los marbellenses el doctor Moreno—. Sin embargo, la del año siguiente, tampoco fue muy celebrada, pues el mismo día de San Bernabé –como os conté en «Marbella en los tiempos de la “Gran Guerra”»— la lancha pescadora «San Francisco» naufragó frente a Calaburra y los cuerpos inertes de sus cinco marengos no fueron recuperados hasta el día de San Antonio. Los años 1937 y 1938 no hubo feria, eran años convulsos. Huelga explicar porque se ha suspendido la feria de este 2020 –todas y todos lo sabemos—.

Si 1916, en Marbella fue un año de intensas lluvias –como recordaréis, se ahogaron «Los Jumitos»—, el siguiente, 1917, aunque menos lluvioso, fue también intenso en acontecimientos –aunque no tanto como en Rusia—.

El año comenzó con el fallecimiento del senador vitalicio, don Joaquín Chinchilla y Diez de Oñate –jefe del Partido Liberal—, tío carnal del ministro de Fomento don Rafael Gasset, suegro del diputado que representaba en Cortes a nuestro distrito, don Eduardo Ortega y Gasset –su heredero político— y padre de don Juan Chinchilla Domínguez el cual cinco semanas más tarde sería uno de los dos diputados liberales proclamados para la Diputación Provincial de Málaga.

A esta defunción les siguió, nada más trascurridos tres días de marzo, la muerte del arriero Pepe Jiménez que cuando, junto a su cuñado Miguel Peinado, estaba cargando la bestia con piedras de la desembocadura del Guadalpín, una mole se desprendió de pronto y “le aplastó el cráneo horriblemente”. Y ya casi a final del mes –el día 25— se produjo la muerte de Paquita Sánchez que estaba embarazada –ya conté en su día «El crimen de la Acera de la Marina»—.

A mediados de abril, la imagen del Sagrado Corazón fue bendecida por el obispo de Olimpo –en otro momento relataré este acontecimiento—.

En el Pleno del 7 de mayo de 1917, presidido por el alcalde Rafael Otal Palomares, se dio lectura a un escrito de varios propietarios e industriales liderados por Manuel Martín Fernández, pidiendo que la «Feria de Marbella» se trasladase al mes de septiembre, “época de mayores recursos y más elementos de vida en esta comarca”. La Corporación municipal, después de deliberar, teniendo en cuenta la “carestía de la subsistencia” y la feria de Algeciras que se celebraba también por esos días, acordó que se diese cuenta al gobernador civil para que a partir de 1918 –otro año de pandemia, «la española»— la feria se celebrase en septiembre y no en junio. Pero, como dice el doctor Casado en su «Rosa Verde», “los marbelleros se resistían a romper la tradición”. Por lo que en 1917, por si no fuese suficiente con una, se celebraron dos ferias: una en junio –la tradicional de San Bernabé— y otra en septiembre, la nueva –ésta, aparentemente de concursos de ganados y balcones engalanados pero que, rascando, rascando, aflora el trasfondo político—.

El día 11 de junio aunque amaneció nublado, como todos los años a las diez de la mañana se celebró la procesión cívico-religiosa hasta la calle Málaga –al lugar donde dicen que “los sarracenos humillados” entregaron las llaves de la ciudad a Fernando el Católico— y, acto seguido la función al Patrono, pronunciando el discurso histórico el cura párroco don José García Morón –de él, también he contado ya una historia—. El primer día de feria, el mercado de ganados estuvo muy endeble y no se realizó ninguna compra o venta de reses. Al medio día las nubes descargaron un chubasco pero al poco rato escampó y se pudo celebrar la novillada anunciada, como de costumbre a las cinco de la tarde. El diestro, «Carnicerito», salió a hombros de la plaza después de realizar dos buenas faenas y dar muerte con sendas medias “estocá” a «Carbonero» y «Religioso», dos bravos novillos de la ganadería de Ricardo Shely de Vejer que cumplieron. Todas las noches, en el teatro instalado en la misma plaza de toros –la de Otal—, donde para la mayor comodidad del público, don José mandó “construir unas butacas muy cómodas de muy buen gusto y prácticas”, actuó un estupendo “cuadro de varieté” destacando en el escenario la bailarina y canzonetista “la bella Jarry Martín”.

A mediados de septiembre se montó la segunda –que no fue, ni mucho menos, improvisada—. Esta era la primera vez que se celebraba una feria en tal época del año. La Junta de Festejos, presidida por don Manuel Martín Fernández, además de la preceptiva corrida de toros –celebrada el 18 de septiembre a las cinco de la tarde—, así como los paseos, bailes y funciones teatrales, ideó un concurso de ganados y otro más original de adorno de balcones. Por ese motivo en la plaza de la Constitución –después del Generalísimo Franco y ahora de los Naranjos—; en la de la Iglesia; en la plazuela del General Chinchilla; en la calle del General López Domínguez –después Germán Porras y ahora Ancha— o en la de Cánovas del Castillo –después Fermín Galán y García Hernández y ahora Nueva— los balcones de las “casas principales” –aún persisten algunas de gran porte— fueron engalanados y lucieron primorosamente por unos días. Eran casas pertenecientes a la oligarquía local a cuyas fachadas se abrían tres balcones destacando siempre el central, a veces, por sus mayores dimensiones –ya de por sí bellos—. El jurado se reunió para fallar ambos concursos la mañana del 17 y el resultado fue entregado a don Manuel Martín que lo hizo público ese mismo día. El primer premio fue compartido precisamente por el balcón de la casa del presidente de la Junta de Festejos que vivía en la Gloria –al nombre de la calle me refiero— y por los de la casa número 9 de la calle General López Domínguez, propiedad de doña Concepción Ávila, una rica e influyente viuda de 69 años de edad, que aunque había nacido en Málaga llevaba casi cuarenta años afincada en Marbella –ambas fotografía ilustra este relato—. El premio que le correspondió a doña Concepción fueron dos hermosos jarrones que ella misma había donado a la Junta de Festejos. A don Manuel Martín, le entregaron un busto de Santa Cecilia y un estuche con media docena de cuchillos para postres, regalos de don Eduardo Ortega y Gasset y de su pariente –por consanguinidad y afinidad— don Juan Chinchilla Domínguez respectivamente. Aunque no participaba en el concurso, el jurado creyó prudente otorgar el tercer premio al balcón de la casa del señor juez de Marbella. También fue reconocida al industrial don José Otal Ferrando y al boticario don José Quiñones “la cooperación prestada al concurso con el adorno de los balcones de sus casas”, ambas situadas en la calle Cánovas del Castillo –esa calle donde todavía hay balcones con molduras decoradas—. Los premios del concurso de ganados fueron otorgados, el primero, como no podía ser menos, para el presentado por la Colonia de San Pedro Alcántara y el segundo, donado por don José Roldán Salcedo, para el labrador José Cerván que presentó “un hermosísimo ejemplar vacuno”.

En la noche del 17 doña Concepción, dio un “espléndido refresco en su elegante morada” en honor del jurado al que concurrieron todos sus componentes que fueron los siguientes: el juez de instrucción, don Luis Marra-López y Zulueta; el farmacéutico don José Quiñones Hidalgo; el registrador de la propiedad, don Juan Alonso Hidalgo; el oficial de Carabineros, don Antonio Salanova; el capitán de la Guardia Civil, don Eugenio del Cid; los propietarios don Gabriel Gómez Millán, don Rafael Otal Palomares y don Cristóbal Luna de la Torre y el jefe político de los liberales en la localidad, don Juan Chinchilla Domínguez –que, seguramente, “no dio puntá sin hilo” en aquella feria—. En esta relación de pro-hombres marbelleros, se echa de menos al cura párroco, pero ¡claro! ya sabemos que era del Partido Integrista y antiliberal, sin embargo fue también invitado el alcalde de Fuengirola don Matías Sáenz de Tejada y, por supuesto, el organizador de “la feria de septiembre”, el “querido y rico comerciante” don Manuel Martín Fernández.

Balcón calle Gloria

Balcón de la casa de don Manuel Martín Fernández, C/ Gloria. Fuente: Foto Domínguez, La Unión Ilustrada, 27-09-1917.

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Una respuesta a El año en el que hubo dos ferias y se engalanaron los balcones

  1. Carmen dijo:

    Fabuloso Viejo Pérez, cómo todo lo que escribes.

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